Doris Lessing: "No hay adónde ir, sino hacia adentro"

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En 1980, mucho antes de que recibiera el Premio Nóbel 2007, la escritora argentina María Elena Walsh visitó a Doris Lessing en Londres, una mujer británica que rondaba entonces los 60 años, nacida en Irán, desertora del colegio a los 14, expulsada de África en su juventud por su crítica al racismo y que, de vuelta en Inglaterra a los 36 años, y con un hijo a cuestas, decidió convertirse en escritora.
"Persona gatera" llamó María Elena Walsh a Doris Lessing en su entrevista. La conversación sobre gatos podría haber durado horas, cuenta la argentina, de no haber existido la necesidad de abordar el asunto que las había hecho encontrarse: la literatura. Walsh describe a Doris Lessing como una "muchacha de sesenta años, de pelo y ojos grises, sin maquillaje ni fórmulas de cortesía, sencillamente vestida, una 'mujer de trabajo', con algo de chacarera, mucho de madre refinada..." Una imagen muy similar a la que mostró a la prensa que acudió a su casa para recoger sus impresiones por la obtención del Nobel y se encontró con una mujer de 87 años que volvía de las compras, acompañada de su hijo, y que cargaba una bolsa con verduras, como cualquier dueña de casa que vuelve de la feria o del mercado. Esta misma mujer no tuvo luego ningún problema en atender las preguntas de los periodistas sentada en la entrada de su casa, como una muchacha.
En los 80s, cuando María Elena Walsh la buscó para entrevistarla, la obra de Doris Lessing era poco conocida en los países de habla castellana, pese a haber ganado fama internacional con la publicación de su libro El cuaderno dorado, una novela en la que la autora critica los ritos y valores de la sociedad burguesa a través de dos mujeres que buscan emanciparse de la servidumbre social de lo femenino. Aunque estos personajes finalmente fracazan en su intento, el libro se convirtió en una de las banderas de lucha del feminismo. Paradojalmente, la propia Lessing se encargó de manifestar que, si bien los hombres y las mujeres son tan diferentes entre sí, que lo único que los acerca es la soledad, el feminismo, afirmaba, no es más que un movimiento basado en la recriminación.
En muchas ocasiones, Doris Lessing expresó la alta valoración que tenía de su propio rol como escritora. "Cuando se es una escritora perteneciente a la tradición inglesa, una debe ser consciente y sentirse agradecida de un patrimonio que significa no tener que luchar como mujer para ser publicada y valorada. En Inglaterra las mujeres se han ganado la vida como escritoras desde hace siglos y, a veces, protestando con energía contra su destino. Mi agradecida conciencia de este patrimonio es la razón por la que suscribo la máxima de Virginia Woolf, según la cual las escritoras serán libres cuando, sentadas a escribir, no piensen si escriben o no como mujeres".
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